
La historia de Sevilla siempre ha estado ligada a su río, y debido a su carácter de ciudad portuaria no es de extrañar que hace siglos hubiera en ella una Universidad de Mareantes, llamada también Universidad de la Mar (en el siglo XVI no se decía el mar).
El puerto de Sevilla se convirtió en uno de los más importantes del mundo después del descubrimiento de América por Cristóbal Colon en 1492, ya que se otorgó a la ciudad el monopolio del comercio con el Nuevo Mundo.
Esto significó que los oficios relacionados con la navegación y el comercio de Ultramar adquirieran una gran importancia. Y, de hecho, fueron tres las instituciones gestoras de estas actividades: La Casa de Contratación, el Consulado de Comercio (o de Mercaderes a Indias), y la Universidad de Mareantes.
A mediados del siglo XVI, medio centenar de pilotos, maestres y señores (propietarios) de navíos de la Carrera de Indias piden la aprobación real para fundar una cofradía religiosa y poco después para crear también un colegio profesional, llamado Universidad de Mareantes, institución que canalizaría y organizaría su actuación pública velando por sus intereses como cuerpo, y haciéndolos valer ante la Casa de Contratación, el Consejo de Indias, e incluso ante el rey, de modo que sus preocupaciones fueran escuchadas en todo lo referente a la navegación.
A este respecto, hay que aclarar que sus actividades estarían contempladas en el marco de la Marina Civil, según nos comenta D. José Antonio Madiedo Acosta, Presidente de la Asociación Española de la Marina Civil. Lo que llamamos Marina Mercante es una parte de la Civil, porque no todos los barcos llevaban mercancías. Los de exploración de territorios y transporte de pasajeros emigrantes no eran mercantes.
Los modernos navegantes de la Carrera de Indias se acordaron de que en la Edad Media había existido un Colegio de Cómitres, creado por Alfonso X el Sabio y formado por los capitanes de las galeras que tenía su base en las Atarazanas de Sevilla.


El aprendizaje de la teoría se centraba en la explicación (“lectura” se decía) de la obra del cosmógrafo Joannes de Sacrobosco, quien había conseguido sintetizar en su obra “La Esfera” el conocimiento de la cosmología gecolatina.
Con respecto a los conocimientos prácticos a exigir a los alumnos de esa Marina Civil, figuraba en primer lugar el cálculo de la latitud por la altura del sol y de la estrella Polar. Se les enseñaba entonces a manejar las cartas de navegación y a fijar en ellas la posición. Los pilotos debían estar instruidos para poder fabricarse ellos mismos los instrumentos de navegación, por lo cual se les enseñaba el proceso de construcción de la brújula (incluyendo los procedimientos para corregir la declinación magnética), el astrolabio, el cuadrante y la ballestilla. Así mismo aprenderían a conocer la hora a través de la posición de las estrellas y a calcular las mareas a través de las fases de la luna. El ciclo formativo incluía además materias como Pilotaje, Marinería y Artillería.
Las entidades de las que hablamos en este artículo tenían entre sí fines diferentes.
La Cofradía de carácter religioso se organizó bajo la advocación de Nuestra Señora del Buen Aire, con culto también a San Pedro y San Andrés; y era una institución caritativa cuya finalidad consistía en ayudar al gremio de los marineros con obras asistenciales y piadosas, destinando sus fondos a rescatar a los miembros cofrades que se hallaban cautivos, o hubiesen sido atacados y robados por corsarios, dotar a huérfanas, hijas de cofrades y a socorrer a aquellos miembros de la institución que por vejez o enfermedad no pudieran trabajar.
Una de las labores más importantes fue la creación de un hospital donde atender a la gente de la mar más desfavorecida. Tenemos que pensar que en esta época sólo los más pobres iban a un hospital público (nada que ver con el concepto de hospital actual) en caso de enfermedad grave. La gente que tenía medios económicos suficientes prefería ser tratada en casa o, si no había solución, morir allí, pues la medicina era bastante rudimentaria y pensaban que mejor se estaba en casa rodeado de la familia y sus cuidados.
El último fin, pero no menos importante era proporcionar a los marinos un funeral digno. Se organizaban unas ceremonias públicas muy vistosas. La idea era dar al muerto un reconocimiento social después de una vida a menudo olvidado e ignorado, y proporcionar a su entierro cuatro sacristanes que llevasen las andas, y un acompañamiento que portaría hachas de cera, así como la celebración de rezos y misas por el alma del fallecido.
La sede gremial y donde también se encontraba ubicado el hospital y su capilla anexa se situaba enfrente de la iglesia de Santa Ana en Triana, y dando a las dos calles (la calle Larga, hoy Pureza, y la calle Vera del Río, hoy Betis); tal y como ocurre hoy día con el centro cívico denominado La Casa de Las Columnas, que ocupa ese mismo lugar, aunque según reza en su portada principal, dataría, como nuevo edificio, de 1780.

Entre los pilotos y capitanes se encontraban algunos individuos destacados, no sólo económica sino incluso socialmente. Un buen ejemplo de ello lo tendríamos en la familia de los Montebernardo, de destacada raigambre marinera en el barrio de Triana, y que desarrolló una importantísima relación con la Cofradía y Universidad de Mareantes.
Tanto algunos de ellos como en el caso de otros armadores hubo casos de personajes adinerados e ilustrados, que disfrutaron de colecciones de arte y antigüedades y una rica hacienda originada en sus negocios.
Como curiosidad, es digna de mencionar la “Capilla abierta” de los Mareantes: un balcón o tribuna con un altar sobre la puerta que daba a la actual calle Betis, lo que permitía guardar el precepto de asistencia a los cultos sin bajar a tierra cuando se estaba faenando. Y todo bajo la protección de la Virgen del Buen Aire.
El papel más destacado de la otra entidad como colegio profesional de la Universidad de Mareantes se basaba en la intención de defender objetivos directamente relacionados con la navegación. La adopción de medidas para asegurar las condiciones de las travesías marítimas, la intervención en el apresto y organización de las flotas y galeones, la participación en la regulación de la actuación de los pilotos y maestres de la Carrera, la organización y control ejercido por la Universidad sobre determinados gremios de la mar (calafates y fabricantes de jarcia), el fomento de la construcción naval nacional o la defensa de una jurisdicción privativa.
La persecución de todos estos objetivos salvaguardó los intereses de los mareantes, pero también los de otros individuos o grupos profesionales de la Carrera de Indias (como los comerciantes, las tripulaciones de los navíos o sus pasajeros). Se solicitó incluso un tribunal especializado para resolver asuntos profesionales, que fueran los miembros de la Universidad de Mareantes los examinadores en las pruebas de piloto y no miembros de la Casa de Contratación… en general demandaban más participación en los asuntos relacionados con la Carrera de Indias.
Siete años después de la petición llegó la contestación real con muchas limitaciones, pues la Monarquía no quería perder el control sobre cuestiones que tuvieran que ver con la gestión de las flotas de cara a la Real Hacienda.
La idea más tardía de construir un Colegio-Seminario para hijos y huérfanos de marinos en Triana a partir de 1681 fue desaconsejada por las malas condiciones de la construcción.
Este Colegio tendrá finalmente su sede en el Palacio de San Telmo, edificio que ha tenido usos diferentes a lo largo de los siglos, pero este tema ya lo ampliaremos, si cabe, en otra ocasión.
Como anécdota final, Gustavo Adolfo Bécquer ingresó en ese Colegio de Náutica de San Telmo en 1846. Allí conoció a su íntimo amigo Narciso Campillo, con quien escribe un drama “Los conjurados” y una novela jocosa “El bujarrón en el desierto” aparte de sus versos.